La vi grande, eterna, cabal. Entera en sus entrañas y no tanto en su sonrisa, tal vez no tan forzada como tenue, tal vez no tan inocente como frívola.
Juraría que se quiere, pero muy por dentro, tanto que ni se nota, que ni lo muestra, que ni lo sabe.
Sutil, eso es, y por lo mismo temible, no sé si por ella misma o por la dureza que pretende mostrar y que a veces se le escapa porque, y esta vez no tan en el fondo, es dulce. Es dulce sin querer y agridulce y salada queriendo.
¿Cómo alguien, supuestamente humano, puede llegar a ser tan dual?
Máscaras de quita y pon constante, fachadas no tan duras, tal vez zonas de sombra no demasiado bien disimuladas.
El caso es que allí la vi, a ella, de una sola pieza, muy suya y muy humilde, dando pedacitos de su alma, bastante grandes para lo que estamos acostumbrados a recibir de alguien, sin coste, sin equivalencia.
Su cuerpo quería derribar el aire, pero sus ojos pedían a gritos algo que ningún ser de este universo habría sido capaz de entender a excepción de ella misma, aunque cada vez me cuesta más creer que sepa lo que quiere. A lo mejor no lo quiere saber y le da miedo, a lo mejor se teme a si misma, o a ese trozo de infierno que pretende esconder y a veces no puede. Tal vez no quiere guerras, porque bastante tiene con las batallas internas que le inundan cada noche, a cada hora, a cualquier segundo.
Te juro que tiene fuego, de ese que te calienta en las frías noches de invierno pero que amenaza con estallar en cualquier momento.
Pero la sentí cerca, lo suficiente como para notar su frío y que este mismo me quemase. Me gustó, porque llovió en mi sobre mojado, bailó bajo mi lluvia, y ya está, no quiero decir más, porque nadie la entendería o nadie la querría entender.
Yo, que tal vez soy masoca, la quiero eterna o finita, entera o a trozos y que llueva, que me da igual, que nunca llevaré paraguas.

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